Los escrúpulos del Padre Gargajo

Cuenta la tradición que en la Era Pre-Karadima de Nuestra Santa Madre Iglesia, inocente período histórico cuando los pecados sacerdotales eran de poca monta -o era de poca monta lo que se sabía de ellos- había un cura de la orden XXX que enrojecía si escuchaba el más nimio garabato y casi perdía el conocimiento si oía el vocablo “poto”, pero simultáneamente regaba el piso a discreción con una permanente y amenazante lluvia de escupos. Fue a este peculiar ministro del Señor a quien se apodó el “padre Gargajo” y luego, tomándose nota de la inequidad de sus rubores, se comenzó a usar la expresión que da título a esta columna para motejar a quienquiera, en un alarde de hipocresía, se manifestara escandalizado por una conducta ajena mientras él practicara otra mucho peor. Bien podrían entonces los pocos cientistas políticos libres de melindres académicos usar la expresión “Los escrúpulos del Padre Gargajo” para caracterizar la reacción de la difunta NM ante la nominación -ya abortada- de Pablo Piñera como embajador en Argentina.

Pecatas meas

Los Padres Gargajo suelen ser gente olvidadiza y expulsan su esputo apenas segundos después de haber enarcado las cejas ante un muy menor quebrantamiento de los modales por parte del prójimo; del mismo modo la oposición prorrumpió en el más vocinglero coro de protestas y acusaciones ante un presunto acto de nepotismo del Presidente Piñera por nominar a su hermano, hombre profusamente capacitado, como embajador en Argentina, olvidando convenientemente que su presidenta, la Gran Legataria de Chile, nominó a su hijo, profusamente incapacitado, para cumplir un ignoto papel en las vísceras mismas de La Moneda. Nadie levantó la voz en la NM; nadie la levantó tampoco en la oposición de entonces, entendiendo esta última, tácita o expresamente, ser tal hecho un furúnculo menor. Solo se convertiría en tumor con el escándalo Caval. En breve, nadie siquiera susurró la palabra “nepotismo” a pesar de haber muchas más razones para hacerlo tanto en ese momento como especialmente después porque, si el nepotismo ha de entenderse como fenómeno sistémico y no anecdótico, no puede reducirse a la sola relación consanguínea y ha de abarcar también el amiguismo y el “carnetismo”, entendiendo por este último la perversa práctica de designar notorios incompetentes por el solo mérito de su militancia, pecado que la señora Bachelet cometió con tal persistencia que los honorarios y salarios sumados de las hordas introducidas por ella en el Estado son, por sí solos, importante factor del descalabro financiero en que dejó a la nación.

Nepotismo integral

El nepotismo es criatura hecha de dos variables, no de una sola: a la relación filial, maternal, paternal, familiar, de clan, de militancia o de amistad se suma, para darle vida, la INCOMPETENCIA. El uso mismo del lenguaje cotidiano lo revela: normalmente se habla de nepotismo cuando alguien ha sido nominado para un cargo por la SOLA razón de sus lazos con quien lo nombró, SIN tener los méritos para cumplir la función. Por eso se dice “lo han nombrado por ser pariente”, lo que tácitamente significa “no lo han nombrado por ser capaz”.

El nepotismo entendido de ese modo, como la cópula de la cercanía sanguínea o emocional con la incompetencia, es necesariamente abundante en un país de reducido tamaño y por tanto aun más reducida élite o “pool” del cual salgan los designados a los altos cargos de gobierno. El amiguismo y la incompetencia unidos jamás serán vencidos en cualquier nación del orbe, pero menos aun allí donde las élites gobernantes son de minúscula y homogénea composición. Si se es miembro de estas élites en miniatura es difícil NO tener lazos cercanos con otros miembros de la élite. Por esta inevitable razón la variable que debiera importar, no habiendo muchas opciones de variedad, es la de la competencia donde sea se encuentre. El pecado capital es poner en cargos de responsabilidad a notorios incapaces. Si lo son cumplirán inadecuadamente aunque sean hijos o primos del jefe; si en cambio son competentes, no importa que lo sean. A su vez la incompetencia es letal en cualquiera de ambas condiciones, con o sin consanguinidad. Especialmente en un país como Chile, donde no abunda el talento ni la diligencia, la capacidad es el factor vital. Es esa carencia la que liquidó al anterior gobierno, no los lazos de sangre y ni siquiera el amiguismo.

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